Según la OMS, la población de las ciudades pasa entre el 80 y el 90% de su tiempo en espacios cerrados, cuyo ambiente está contaminado en mayor o menor grado, lo que puede ocasionar graves problemas para la salud. De acuerdo a las estimaciones de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA), en los países desarrollados los niveles de contaminación de ambientes cerrados pueden llegar a ser de 10 a 100 veces más elevado que las concentraciones en el exterior. Sin embargo, en esta situación de confusión y miedo generalizado, nos tenemos que quedar en casa, por decreto, el 100% del tiempo. 

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Las circunstancias sobrevenidas los últimos días nos han puesto en una situación completamente nueva e inimaginable en todas las facetas de nuestras vidas. Por encima de factores económicos, sociales o emocionales, ahora el reto consiste en preservar nuestra salud del contagio del COVID-19 sin olvidar aquella maravillosa definición de la OMS: “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, no solamente la ausencia de enfermedad”.

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La elección del tipo de madera es básica en el contexto de su duración en el tiempo. Hay especies que presentan una durabilidad natural a ser atacadas por determinados agentes bióticos y abióticos. Otras son capaces de resistir el paso del tiempo bajo condiciones de humedad elevadas o incluso sumergidas. En una misma especie, la parte del duramen suele presentar una resistencia a los agentes degradadores muy superior que la parte de la albura. Esto se debe a que la madera del duramen, más antigua, presenta un menor contenido en sacáridos que, a la postre, son los nutrientes que atraen a los insectos.

La humedad es el gran enemigo de la perdurabilidad de la madera. En la mayoría de las especies de nuestro entorno, contenidos de humedad del orden del 18-20 %, propician el desarrollo de hongos de pudrición y de insectos con alto poder destructivo. Por este motivo resulta imprescindible evitar el empotramiento de vigas o jácenas en muros perimetrales o apoyos de pilares en el suelo. En el mismo contexto se debe propiciar la rápida evacuación del agua en caso de humectaciones ocasionales y, por descontado, evitar que se acumule el agua en puntos de encuentro o uniones de elementos.

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Efectos de presencias continuas de humedad

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La madera es un material natural que se genera a partir de la luz del sol, los nutrientes de la tierra, el agua y el dióxido de carbono. Como elemento vivo que es, la madre naturaleza ha establecido una serie de mecanismos para cerrar su ciclo vital.

A este fin ha creado una serie de agentes bióticos y abióticos que se encargan de devolver la madera a la tierra que es de donde salió. Los hongos (mohos, cromógenos y de pudrición) así como los insectos de ciclo larvario (coleópteros) o los sociales (isópteros) se encuentran en la vanguardia de los agentes encargados de la descomposición de la madera. En otro nivel inferior se situarían los agentes abióticos que podríamos calificar como propiciadores del proceso de descomposición más que degradadores propiamente dichos. En esta categoría se situarían las radiaciones solares, los cambios de humedad, los efectos mecánicos o la acción de determinados agentes químicos. El fuego puede considerarse un agente abiótico un tanto especial, no por su carácter degradador incuestionable, sino por ser el único elemento capaz de devolver a la atmosfera la totalidad del dióxido de carbono que sintetizó el árbol.

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Efectos de la radiación solar

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