La madera. Material durable I

La madera es un material natural que se genera a partir de la luz del sol, los nutrientes de la tierra, el agua y el dióxido de carbono. Como elemento vivo que es, la madre naturaleza ha establecido una serie de mecanismos para cerrar su ciclo vital.

A este fin ha creado una serie de agentes bióticos y abióticos que se encargan de devolver la madera a la tierra que es de donde salió. Los hongos (mohos, cromógenos y de pudrición) así como los insectos de ciclo larvario (coleópteros) o los sociales (isópteros) se encuentran en la vanguardia de los agentes encargados de la descomposición de la madera. En otro nivel inferior se situarían los agentes abióticos que podríamos calificar como propiciadores del proceso de descomposición más que degradadores propiamente dichos. En esta categoría se situarían las radiaciones solares, los cambios de humedad, los efectos mecánicos o la acción de determinados agentes químicos. El fuego puede considerarse un agente abiótico un tanto especial, no por su carácter degradador incuestionable, sino por ser el único elemento capaz de devolver a la atmosfera la totalidad del dióxido de carbono que sintetizó el árbol.

Uv

Efectos de la radiación solar

El hombre, como natural utilizador de la madera, ancestralmente ha buscado la manera de ralentizar el ciclo natural de su descomposición. Es decir, ha estudiado las diferentes tipologías y características de la madera, aplicando diferentes sistemas de tratamientos y probando un sinfín de principios activos con la finalidad de aumentar la durabilidad y funcionalidad del material en el tiempo a través del principio universal de aprendizaje humano; el método de prueba error.

Seguramente uno de los primeros tratamientos que practicó el hombre en su ansia de prolongar la vida de la madera y de aumentar sus prestaciones, y que curiosamente ahora está volviendo con fuerza, fue el someter la madera a la acción suave del fuego. Esto le permitió endurecer la punta de las lanzas prehistóricas y observó, además, que sometiendo la madera a la acción de la llama su duración era mucho mayor y que la madera era menos vulnerable a la acción de los degradadores bióticos.

También se dio cuenta que, utilizando madera de determinadas especies, aparte de tener durezas y capacidades mecánicas diferentes, su durabilidad también variaba. Así mismo se apercibió que determinadas partes del tronco, en concreto el duramen, eran menos vulnerables a la acción de insectos y hongos.

Incluso hoy nos sorprendemos al descubrir que las estructuras levantadas con maderas que fueron transportadas por via fluvial a modo de barcazas tipo raid, presentan índices de degradación mucho mejores que las que se transportaron por via terrestre.

Actualmente nos enfrentamos con las exigencias normativas de garantizar una determinada duración a las estructuras de madera. En función de la clase de uso y riesgo al que esté sometida la madera, la normativa plantea diferentes tipos de tratamiento químico debiéndose alcanzar diversas profundidades de penetración según el caso. (UNE EN 335:2013, CTE DB SE-M y UNE EN 351-1:2008)

Los métodos de tratamientos que se proponen van desde el simple pincelado superficial, la pulverización (más efectiva que el pincelado), la inmersión breve, la inmersión prolongada y los tratamientos con vacío-presión realizados en autoclave. Cabe comentar que no todas las especies de madera presentan una misma resistencia a la impregnación. Existen maderas muy o fácilmente impregnables mientras que otras resultan prácticamente imposibles de tratar por tener una estructura celular muy cerrada y, en consecuencia, resultan no impregnables. De la misma manera la parte del duramen presenta siempre mayor dificultad de impregnación que la parte de la albura.

Dichos tratamientos, básicamente biocidas e insecticidas, suelen ofrecer una durabilidad que va desde una protección “para siempre” en los elementos situados en el interior hasta alcanzar una vida útil de entre 20 y 50 años dependiendo del sistema de tratamiento y producto utilizado, en elementos expuestos o situados al exterior. Para los tratamientos se utilizan sales y productos hidrosolubles de diversa índole, mayoritariamente piretroides o permetrinas. Obviamente el periodo de protección de la madera está relacionado con el tiempo de permanencia del principio químico en la madera y, lógicamente, los usuarios del espacio donde se encuentra la madera tratada están sometidos a una atmosfera que presenta contenidos del principio activo del protector.

En otro orden de cosas cabe plantearse cómo es posible que existan incontables estructuras de madera de diversa índole e importancia que hayan “sobrevivido” cientos de años sin haber sido tratadas con ningún tipo de producto químico. La respuesta hay que buscarla en dos direcciones: en la elección de un determinado tipo de madera, o parte de esta, para un uso concreto y, por otra, en la elección de un sistema constructivo que evite el contacto de los elementos con la humedad.

 

 

 

 

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